Crecemos. Nos hacemos mayores. Superamos pruebas. Pasamos etapas.
A veces solos. Otras, acompañados; da igual si es de un familiar, un novio, un AMIGO.
El caso es que maduramos. Tenemos responsabilidades. Y ya no podemos ser aquellos enanos que soñaban con que llegaría Peter a buscarte o que Campanilla te rociaría con sus polvos y volarías. No nos pasamos noches en vela por el simple motivo de la llegada de tres Reyes mágicos, de un anciano amigable que viste de rojo o del tan ansiado cumpleaños.
Pero no apreciamos nada de eso. Día a día, vamos contando los segundos para hacernos mayores, para salir con los amigos o tener un teléfono móvil. No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que un día, definitivamente, lo perdemos. Dejamos de mirar por la ventana esperanzados por si aparece Peter Pan, dejamos de soñar con los polvos mágicos de Campanilla; dejamos de pasar la noche entera sin dormir por culpa de los Reyes Magos o Papá Noel.
Sólo nos queda entonces recordar esas viejas emociones al ver pasar a los niños abrazados a sus ositos de peluche, al abrir un regalo sorpresa o al caminar al lado de los patios del recreo llenos de risas, llantos caprichosos y alegría.
No quiero crecer. Llévame a tu país de Nunca Jamás.
